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11 marzo, 2012

Mis inconvenientes


Mujer

Extranjera y extracomunitaria

Recién casada en edad fértil (que seguro se embarazará pronto o ya está embarazada)…

Teniendo que usar un idioma que no es el materno

En una región racista de Italia

Y en plena crisis, la peor desde 1929…

‘Si te dan trabajo –el que sea- deberías de estar feliz, satisfecha y agradecida’, he escuchado. Si alguien me contrata a pesar de todos mis ‘inconvenientes’, casi me hace un favor… ¿O no?...

Hay que ser fuerte para que el valor y la estima que te tienes a ti misma no se desquebraje a veces. Si a lo anterior le agregamos la nostalgia de estar lejos -muy lejos- de los que amas…

Era más fácil -trabajar- en Inglaterra donde ‘mis inconvenientes’ no son tan graves: hay mucho más igualdad de género, menos racismo, están más acostumbrados a los extranjeros, hay más madres trabajando, se contrata más por méritos y menos por contactos…

‘El que es perico donde quiera es verde’ – sí, tiene algo de verdad… pero no toma en cuenta ‘los inconvenientes’ que una como yo representa (como ser mujer en uno de los países más machistas de Europa. O como ser extranjera y extracomunitaria en una región en donde La Lega tiene mucho poder: un partido político que prohibió los Kebabs en un pueblo cercano por ser ‘no italianos’).

Sé que hay extracomunitarios sufriendo mucho, muchísimo… yo soy privilegiada: no llegué en patera, soy legal, trabajo ‘en lo mío’, etc. Así que de nuevo: ‘Si me dan trabajo –el que sea- debería de estar feliz, satisfecha y agradecida, ya que alguien me contrató a pesar de todos mis inconvenientes’…

Razonamiento que en lugar de consolarme me hace sentir culpable si se me ocurre quejarme de algo…

20 febrero, 2012

Una capitalista altamente necesitada de consumir y comprar



El día de ayer pasé con una amiga al lado del Benetton y vimos en la puerta unos carteles con los precios de la ropa. No dudamos en decirnos: ‘Que barato, hay que venir mañana’. Quedamos hoy de ir al negocio a la hora que abren después de la pausa para comer.

Llegamos muy puntuales poco antes de que reabrieran, ya que estábamos tomando un café a pocas calles. Para mi sorpresa, había una masa de gente en la entrada e incluso había personas empujando un poco las puertas. Me pareció raro.


Un par de minutos después, las puertas de entrada se abrían. La gente ingresó como si estuviera huyendo de un incendio. ‘¿Qué les pasa? Esto es el consumismo en su máximo’ le dije a mi inseparable en Padova.

Entramos mi amiga y yo despacio, a paso tranquilo, platicando… un poco extrañadas de la desesperación de los demás. Poco después me di cuenta de que la gente literalmente se abalanzaba sobre la ropa y tomaba todo lo que podía sin siquiera fijarse bien en la talla, en el color, en la tela, en nada…

Claro, la ropa era casi regalada: todas las prendas de niño a 1 euro, los abrigos de invierno a 10 euros, faldas y pantalones a 5 euros, bufandas, guantes y accesorios en general a 1 euro cada uno, cinturones a 0.50 centavos de euro, botas a 5 euros…

Al ver la desesperación de la gente tomando la ropa me entró un poco de pánico – y la verdad, me contagió su mood. ‘¿Qué ‘necesito’?’ -sí, entre comillas- me pregunté. Y comencé a tomar todos los sacos (americanas) de invierno que me gustaban a primera vista. Se me caían de las manos pero no me importaba, yo tomaba todo lo que me gustaba. De repente, en pocos segundos, me encontré abrazando varios kilos de tela.

No había probadores disponibles, pero tenía que ver cómo me quedaba la ropa. Me fui a un rincón donde había un pedacito de espejo en donde sólo podía ver parte de mi cara. ‘Pues eso mejor que nada’ me consolé.

Al voltear vi un grupo de extranjeras (unas 3-4 africanas y un par de mujeres de Europa del Este) con una montaña de ropa de niño cada una en los brazos… pero no tenía mucho sentido: tenían como 6 faldas iguales, como 8 camisas idénticas… todas las prendas repetidas. ‘Seguro lo venderán afuera…’ me dijo mi amiga. Claro, tiene sentido, si todo te vale 1 euro y vendes cada prenda a 5 euros, ya le ganas bastante. Muy listas ellas.

Me probaba un saco a cuadros, luego uno marrón, luego el de cuadros de nuevo, luego uno beige, luego me probé una falda encima de los pantalones… dejé a un lado uno de los sacos y llegó una chica a decirme ‘Si no lo quieres, dámelo’… ‘Sí, si lo quiero’ le dije sin pensarlo. Un minuto después, mi amiga me dijo ‘No, si no lo quieres, yo me lo llevo antes que ella’.

No paré de probarme ropa durante varios minutos. Si podía me acercaba rápidamente a un espejo más grande pero un poco más lejano… pero debía de tener cuidado porque si despegaba los ojos dos segundos de la ropa que había tomado, encontraba un par de mujeres manoseando mis –casi- preciadas posesiones. Mi amiga y yo decidimos turnarnos para acércanos al espejo que nos haría decidir las compras.

Después de la 'tragedia' de dejar pasar la oportunidad de comprarme un abrigo de ‘faux fur a 10 euros (precio original: 130 euros)… decidimos ir a pagar.
Y es que quería llevar sólo aquello que 'realmente necesitaba' (lo que sabía que me pondría más). '¿Quién necesita un abrigo de 'faux fur' cuando se mide 1.57? ¡Parezco un ewok! Si fuera más alta me quedaría precioso' me quejé.

La fila era larga, lenta, eterna. Para ese entonces la tienda ya casi estaba completamente vacía. Hoy, 20 de febrero, era el último día de rebajas de invierno. La tienda quería deshacerse de todo… y lo logró. Mi amiga y yo queríamos comprar prendas bonitas de moda y baratas… y lo hemos conseguido.

¿Necesitaba esos sacos de invierno? Mmmm… No, ropa de invierno sí que tengo. ‘Pero es que es taaaaaaaaaaaaaaaaaan barato, tan bonito y de una marca que me gusta’ me decía a mí misma. Además, uno se siente muy listo al comprar en este tipo de rebajas. ‘He ahorrado dinero. Es un excelente deal’ lo pensamos y estamos convencidas de ello.

Por cierto, compré ambos sacos que se ven aquí (por si sentían algo de curiosidad). Precio original izq. 140 euros pero pagué 10. Precio original der. 130 euros pero pagué 10. Ósea que ahorré mucho (sí, seguro).

19 enero, 2012

Comprar la despensa en el primer mundo





















He creado esta sección llamada ‘problemas del primer mundo’ porque quizá, cuando alguien lea algunos de mis dilemas en Europa, piense que vivo en una burbuja. Como dije, sólo trato de contar cómo es mi vida por acá.


En ‘el primer mundo’ el hambre deja de ser importante a la hora de escoger qué se come. La dieta se determina, normalmente, por influencias externas (y no por impulsos internos).

Cuando se va a un supermercado en cualquier país desarrollado, se ve una amplia variedad de etiquetas en los alimentos como Fair Trade, Soil Association, LEAF label, Stewardship Council… que apoyan el comercio justo, la comida orgánica, conservan el medio ambiente, promueven la agricultura o pesca sustentable, etc.

Entonces, algunas de las preguntas que me hago –aunque algunos se rían de mí- cuando voy al supermercado son: ¿Este queso viene de una cabra feliz? ¿Las hierbas que estaba comiendo habrán tenido pesticidas? ¿Será ético comer atún si he leído que está en extinción? ¿Estaré apoyando a una empresa local con mi compra? (prefiero productos locales y artesanales a industriales)...

Hace diez años, era fácil comer de forma consciente (bastaba con evitar los fast foods y contar calorías). Ahora es necesario saber de biología, métodos de agricultura sostenible y hasta conocer algo de economía para consumir de forma sustentable e inteligente. Tengo que aclarar que, aún aquí, ‘comer de forma sustentable’ se percibe como algo elitista porque es más caro y se puede creer que consumir productos orgánicos es un símbolo de estatus… pero yo me siento mejor conmigo misma y prefiero gastar en esto (que en otros ‘lujos’)…

Decido qué comer tomando en cuenta mis emociones, la imagen que percibo de mi cuerpo, el lugar en donde estoy comiendo, la publicidad a la que he sido expuesta –siempre y cuando la haya considerado honesta y que me de a conocer o me ofrezca un verdadero beneficio-, los valores éticos que pueda tener, etc. La comida no es sólo un combustible en este caso.

Primero hemos comido para sobrevivir. Después hemos racionado los alimentos durante las guerras. Luego hemos sido inundados por dietas diversas para adelgazar, estar más sanos, tener mejores defensas, ser más fértiles, etc. Después la industria ha comenzado a crear más productos alimenticios y más nichos. Y ahora muchos no dejamos de analizar los alimentos, ya que la comida refleja nuestra ética y estilo de vida.

Lo que comemos tiene un impacto sobre el mundo definitivamente. Los países ricos –donde su gente ya no come para sobrevivir- tienen la obligación moral de preguntarse si los alimentos son sostenibles, si los animales fueron bien tratados, si no se está ingiriendo hormonas o pesticidas, etc.

Claro, muchos pensarán: ‘No hay nada complicado sobre la comida. ¿Por qué se complican?´… y tienen razón, lo natural es bueno. La naturaleza no se equivoca, ya que los alimentos que hemos comido durante siglos no pueden ser tan malos… sólo que sí, mejor comer –y consumir- de forma responsable si podemos y si eso está en nuestras manos.
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